Before marble

Before marble


Una aldea a los pies de la montaña de la localidad de Domodossola, en la región del Piamonte italiano, es el último elemento de la civilización antes de darnos entrada a su majestuosa cantera. Cantera, que como otras muchas y, a través de sus frutos, ha dado lugar en numerosas ocasiones al levantamiento de monumentales (y más aterrizados) edificios. Para comenzar, un par de sencillos ejemplos, la Catedral de Pavia y el Arco de la Paz en Milán.


Las nubes y la temperatura comienzan a descender, la visibilidad se reduce y es en ese momento cuando parece que Italia ya quedó atrás. En la época de nuestra visita, la poca actividad nos recibe a la llegada, sin ni siquiera anticiparnos lo que veríamos al adentrarnos en sus entrañas. De nuevo, todo cobra vida, pero de una manera especial: el yacimiento va hacia dentro, no hacia arriba. A diferencia de las canteras tradicionales de mármol a lo largo y ancho de Italia, Palissandro está flanqueada por estructuras metálicas, enormes, que cargan bloques de piedra desde sus vísceras hasta cientos de metros a la superficie. Brota la fantasía al mismo tiempo que uno se siente insignificante.

Vista aérea del pueblo que da entrada a la cava de Grigio Cárnico, característico por sus tejados rojos en contraste con el terreno.

Palissandro se encuentra en la periferia norte del país, donde la nieve (en pleno invierno europeo) comienza a formarse y desde donde se puede apreciar Suiza, casi a simple vista. El misticismo, su esencia y su encanto se entremezclan con la industrialización de la zona y lo pintoresco de un pueblo que queda escondido entre las montañas.

El frío cede ante la calidez de los canteros. Cada uno enfocado en sus tareas sonríe e, incluso, posa y actúa ante las cámaras para regalar su mejor movimiento al lente.

Palissandro, cantera milenaria, cuyo material se ha usado a lo largo de los siglos para levantar algunos monumentos históricos en Lombardía y regiones limítrofes. Hoy, otros muchos presumen de tener en sus superficies este material tan preciado.

Tras varios cientos de kilómetros a nuestras espaldas desde el centro de Italia, la siguiente parada marmolera resultó ser una gran sorpresa, aunque Grigio Cárnico no es precisamente el lugar sobre la faz de la Tierra más fácil de encontrar. El municipio de Paluzza, en Udine, esconde otro tesoro, pero esta vez, muy lejos de carreteras y calles marcadas con el gps. Cobertura, ¿qué es eso? Sin ella y en nuestro Sedán europeo, quizá no el mejor vehículo para transitar en la montaña, viajamos con poca o ninguna tranquilidad hacia la cima. Una sentida eternidad después, llegamos a un valle desde el cual pudimos ver la cantera. Además de lejana parecía desierta, y con la inexistente señal de teléfono, nuestras dudas sobre si estábamos en el lugar correcto, nada más pudieron aumentar. Dron en mano inspeccionamos la zona, no había otra forma gracias al bloqueo al que estamos sometidos por la nevada. Tan solo unos segundos más tarde, nuestras preocupaciones se disiparon: una cordillera (detrás de la cual se alcanza a ver Austria), con picos nevados y una ciudad incrustada entre varias montañas, hacían de ese vuelo “de reconocimiento” una verdadera mina para nuestro ojo fotográfico. El material se agolpaba en nuestras memorias, perdimos la noción del tiempo y hasta la razón que nos llevó allí.

Aislada, solitaria, en descanso, la cantera de Grigio Cárnico, en Udine, emerge como un cultivo a cielo abierto, rodeada por el verde de los bosques alpinos. Sus paredes externas, sugerentes, muestran las diferentes vetas y matices de color, revelando el paso de los años y la evolución geológica del área.

Vuelta a la civilización y tras un muy necesario té caliente, volvimos a subir (ahora sí, en un coche hecho para eso), hasta donde la nieve nos permitió. Una caminata de media hora entre bosque y nevada nos hizo llegar a Grigio Cárnico, a una cantera cerrada, para nuestra sorpresa, por la temporada invernal. Lejos de ser un impedimento o una decepción, resultó una experiencia única y distinta a todas las anteriores, pues el ser solo tres personas frente a la inmensidad, puso todo el viaje en perspectiva.

Ecos al hablar, silencios profundos al grabar, paredes gigantes de roca rodeándonos. ¿Cómo un sitio tan industrial puede a la vez sentirse tan natural? (nada más reflexiones sobre unos cuantos recuerdos...).

Paisaje “mutilado” en la cantera de Palissandro, que observado desde un punto de vista fotográfico, las vetas y la cara interna de la montaña embellecen  la zona, resaltando con su color el verdor del lugar.

Una vez allí, aislados del mundanal ruido, pudimos comprobar de primera mano la calidad del mármol, con apenas una pequeña piedra. Sí, con una pequeña piedra y pequeños toquecitos, se puede valorar la clase de roca que tenemos enfrente. A través de sonidos que desatan la armonía o, por el contrario, la discordancia. Si un bloque no suena armoniosamente, éste viene quebrado por alguna parte, y por lo tanto, no tiene la suficiente calidad.

Caminar por estas montañas, vivirlas, poder acercarnos y acercarlas a través de unas cuantas imágenes, desata una sensación de belleza sublime; un recorrido casi obligatorio para entender y regresar al origen. Un trayecto, más mental que físico, para encontrar una mirada interior.

Fotografías de Andrés Alvarado